Enseñando Nuestra Fe — Prepárale un espacio

Esta serie de editoriales de enseñanza se enfoca en la actitud de La Iglesia hacia los inmigrantes y refugiados, especialmente pensando en la invitación del Papa Francisco para “Compartir el Camino”

Marnie McAllister

“La idea fue venir a los EEUU para estudiar y proveer para mi familia. En el viaje, nunca me di cuenta qué tan difícil es estar en un lugar donde la gente no te quiere.”

Estas palabras vienen de una miembro activa de una parroquia de Louisville. Ella estaba compartiendo la historia de su propia migración desde un país de Centro América. Dejó su tierra nativa hace más de 20 años, buscando oportunidades y un futuro sin violencia.

Su historia es muy pertinente al acercarnos al Adviento. Este domingo comienza la época en que la iglesia se enfoca en prepararse para el nacimiento de Cristo. Ya se escucha la música navideña en la radio, incluso el himno triunfante que suele concluir la misa de navidad: “Alegría al mundo.”

Una línea en el himno de alegría se destaca bastante, pensando en los millones de personas clasificadas como inmigrantes y refugiados alrededor del mundo. Es la cuarta línea del primer verso: Que cada corazón le prepare un espacio.

 Esas palabras nos recuerdan que nosotros- viviendo 2017 años después de su nacimiento- tenemos que hacerle espacio en nuestros corazones.

Por supuesto, sabemos por la Biblia que nadie le preparó un cuarto a Cristo aquella noche en Belén. Embarazada, sin amigos ni parientes, la Sagrada Familia anduvo desamparada hasta que se les ofreció el refugio más humilde. Si esto fuera en el presente siglo 21, tal vez les ofreceríamos un espacio en el garaje.

A veces hoy en día los inmigrantes sí viven en estructuras como un garaje. Y los refugiados pasan décadas en campamentos improvisados.

 El Papa Francisco nos ha llamado directamente para “prepararles un espacio,” compartiendo nuestro camino, nuestras vidas, con los inmigrantes y refugiados.

Claro que es más fácil no conocer en realidad a estas personas inmigrantes y refugiadas, que pueden parecer solo estadísticas anónimas. La edición del 9 de noviembre en The Record comparte las historias de inmigrantes jóvenes, quienes conocen muy poco de sus países de origen y sólo quieren aprender y unirse a la vida de los EEUU.

En este editorial, conocemos a la parroquiana mencionada arriba, una católica activa que vive en Louisville y pasa la mayoría de su tiempo acompañando a otros inmigrantes.

Ella creció en pobreza con su mamá, hermana, hermano, y un padre abusivo- él abusaba sexualmente a sus hijos y golpeaba a su esposa. Él abandonó a su familia cuando ella era una preadolescente.

Unos años después, robaron y asesinaron a su hermano mientras él regresaba a casa del trabajo. Con su muerte él dejó dos niños pequeños.

El asesinato la a devastó a ella y a su familia, pero “los asesinatos eran comunes,” ella explicó. La pobreza- y la falta de oportunidad para salir esa pobreza- fomenta la violencia.

Para ella resultó el momento de decisión: decidió venir a los EEUU con una visa estudiantil.

“Lo único que escuchábamos era que ésta es la tierra de la oportunidad, donde la gente te da la bienvenida y encontrarás un buen trabajo,” dijo ella. “Donde puedes lograr ‘el sueño Americano.’ Para muchos de nosotros, es la razón de irnos. La mitad de los muchachos con quienes crecí o han sido asesinados, o están en la cárcel, o son delincuentes porque hay una falta total de oportunidad para ellos.”

Pero en los EEUU, encontró otra realidad- un nativismo prevalente que rechaza a los inmigrantes. Muy rápidamente, ella se sintió obligada a ayudar no solamente a su familia pero también a los otros inmigrantes a su alrededor.

“Había tanta injustica, tanta opresión hacia el inmigrante en la tierra de inmigrantes,” dijo, expresando un conocimiento profundo de las amplias raíces de inmigrantes en Louisville- especialmente alemanes, italianos, irlandeses, y franceses.

Aquí en los EEUU, dijo, “He visto a mujeres que cruzaron la frontera con sus bebes enfermos. Los traen a la tierra de la libertad para obtener ayuda.

He visto a gente trabajando tres trabajos y recibiendo un tercio de lo que otros ganan,” dijo ella.

“También he visto a menores de edad solos, jóvenes quienes tienen las opciones de unirse a una pandilla y ser asesinados o no unirse y ser asesinados.”

“Me han dicho en mi cara, gente Católica, “Cuando van a tener ustedes su propia iglesia para inmigrantes. No hay lugar aquí.

“Me han dicho mis propios hermanos y hermanas Católicas, ‘Tú, regresa a tu casa (país).’

“Esto te hace reflejar, cuando Papa Francisco habla del camino, cuando habla sobre verse unos a otros con amor y compasión, va más allá la política de un sólo país.”

Para los Católicos, el asunto de la inmigración no es un asunto político. Es un asunto moral.

No todos sus encuentros han sido malos. Ella ha encontrado una parroquia acogedora y ha encontrado a muchas personas que apoyan y la acompañan en su trabajo.

“He visto amor y generosidad de personas que están dispuestas a abrir sus corazones, incluso si no entienden la lucha, la angustia, y el miedo que la gente trae consigo.”

Que cada corazón emule eso y le prepare un espacio.

Marnie McAllister, Editora

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