Consuela a Mi Gente — Proceso de Planificación Pastoral

Arzobispo Shelton J. Fabre

En toda nuestra Arquidiócesis, hemos llegado ahora a una etapa importante y difícil en nuestro Proceso de Planificación Pastoral. Se ha presentado un borrador del plan que identifica parroquias que podrían ser recomendadas para cierre o para otros cambios, como convertirse en misión o en un oratorio. Este borrador surgió de los planes y recomendaciones presentados por las parroquias dentro de cada decanato. En la próxima fase de este proceso, se llevarán a cabo reuniones por decanato para revisar el borrador del plan, ofrecer comentarios y posiblemente proponer ajustes mientras continúa nuestro discernimiento.

A medida que avanzamos en esta etapa de planificación, se nos recuerdan las realidades que enfrentamos con respecto a la disponibilidad de sacerdotes para las asignaciones parroquiales, el costo del mantenimiento de los edificios parroquiales, los cambios demográficos, las variaciones en los patrones de participación parroquial y la necesidad de asegurar que nuestras parroquias permanezcan espiritualmente vivas y capaces de llevar la misión de la Iglesia hacia el futuro.

Entiendo que estas conversaciones y posibles cambios pueden suscitar profundas preocupaciones sobre cómo se verá afectada su propia experiencia de fe y sus vínculos comunitarios. Más profundamente aún, reconozco que el cierre de cualquier parroquia toca algo sagrado en la vida de los fieles. Las iglesias parroquiales no son simplemente edificios. Estos guardan recuerdos de bautizos, bodas, funerales, primeras comuniones, confirmaciones, domingos ordinarios e incontables momentos de gracia que se entrelazan con el ritmo de nuestras vidas y con la historia de nuestra fe.

Muchas personas conocen el dolor de dejar atrás la casa de su familia tras la muerte de sus padres o seres queridos. Esos lugares conservan recuerdos, identidad y amor. Las iglesias parroquiales suelen llevar esas mismas conexiones profundas. Por ello, no le pido a nadie que niegue su dolor. De hecho, algo significativo que marcó una parte de nuestras vidas puede estar cambiando o incluso perdiéndose, y ese dolor es real.

Al mismo tiempo, nuestra fe nos recuerda que el dolor nunca tiene la última palabra para quienes ponen su confianza en Jesucristo. Nuestra esperanza no está basada en el optimismo ni en fingir que la pérdida no duele. Nuestra esperanza está arraigada en el Señor resucitado, quien permanece fiel a Su Iglesia incluso en momentos de incertidumbre, transición y tristeza.

Mis queridos amigos en Cristo, aunque no les pido que nieguen el dolor, sí les pido de todo corazón que coloquen ese dolor dentro de la realidad más profunda de las promesas de resurrección de Cristo. Estas promesas hablan no solo de la victoria final sobre la muerte, sino también de una esperanza viva que sostiene a los cristianos en los momentos dolorosos del presente. Lloramos, pero lloramos como personas que creen que Cristo continúa caminando con Su pueblo.

Llevamos nuestro dolor a la oración, a los recuerdos compartidos y, especialmente, a la celebración de la Eucaristía, donde Jesucristo resucitado camina con nosotros tal como caminó con los discípulos en el camino a Emaús después de Su resurrección. En medio de su confusión y desilusión, los discípulos llegaron a reconocer que el Señor no los había abandonado. Del mismo modo, Jesucristo permanece cerca de nosotros ahora, recordándonos que Su presencia y Sus promesas perduran incluso en tiempos de cambios dolorosos.

Guiados por el Espíritu Santo, continuamos juntos esta labor de discernimiento en este proceso. Las decisiones finales sobre nuestro Proceso de Planificación Pastoral llegarán más adelante en este camino. Cuando se tomen esas decisiones, será apropiado lamentar lo que se ha perdido. Sin embargo, no debemos rendirnos a la desesperación, porque la esperanza de la resurrección no es solo una promesa futura, sino una realidad presente. Incluso en medio de la incertidumbre y la agitación, nos aferramos firmemente a esta verdad: Jesucristo permanece con Su Iglesia. Él continúa guiándonos, sosteniéndonos y conduciéndonos hacia adelante con esperanza.

Que el Espíritu Santo nos conceda sabiduría, paz y confianza en los días venideros. Y que Cristo, quien venció la muerte y camina siempre junto a Su pueblo, nos fortalezca con la esperanza perdurable de Su Resurrección.

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