VIH ya no significa muerte en Perú, pero sacerdote estadounidense dice que todavía queda por hacerse

Por Barbara J. Fraser, Catholic News Service

LIMA, Perú — La desesperada madre había rondado durante días el pabellón llamado Santa Rosa, ala de enfermedades infecciosas en el enorme y pululante hospital público Dos de Mayo en el centro de Lima.

Finalmente ella vio su oportunidad.

“Un paciente acababa de morir. La mujer corrió a través del pabellón, saltó sobre la cama y dijo: ‘Esta es para mi hijo, Sandro’”, recordó el padre maryknoll Joe Fedora. “Ella llevaba días esperando”.

Eso fue hace más de una década, antes de que los medicamentos antirretrovirales llegaran a Perú, cuando el VIH era un diagnóstico médico, un juicio moral y, casi siempre, una sentencia de muerte. Era cuando las mujeres luchaban por las vidas de sus hijos.

“Las madres son las verdaderas heroínas en esto”, dijo padre Fedora.

Santa Rosa todavía aloja pacientes con VIH, y en muchos casos con otras enfermedades como la tuberculosis, a la cual son especialmente susceptibles, pero los tiempos han cambiado. Cuando padre Fedora visita ahora, moviéndose silenciosamente de una cama a otra, él lleva un mensaje de aliento y esperanza.

Cuando él llega los médicos y las enfermeras lo saludan y la mayoría lo considera parte del equipo de atención médica, aunque ese no fue siempre el caso. La aceptación del ministerio pastoral en Santa Rosa vino gradualmente, a la par de cambios en las actitudes hacia el VIH y el sida.

Son cambios por lo cuales padre Fedora, sacerdote estadounidense, ha pasado dos veces: una en Los Ángeles hace dos décadas y más recientemente en Lima.

A principios de la década de 1990, mientras promovía la labor misionera de Maryknoll entre los católicos de California, padre Fedora se convirtió en capellán de AIDS Project Los Ángeles, una de las mayores organizaciones de apoyo referente al sida en la ciudad.

“Era durante el peor período de muertes”, él dijo, aunque eso cambió gradualmente según se hacían más disponibles los medicamentos antirretrovirales.

Regresando a Perú en 1998, padre Fedora sentía como si hubiese retrocedido en el tiempo. Los antirretrovirales no estaban disponibles, el sistema de salud pública del país estaba pobremente equipado para atender personas con el VIH o sida y hasta los profesionales de la salud que trabajaban con los pacientes sufrían discriminación.

En vez de regresar a la parroquia rural en el sur de Perú donde había ministrado entre los indios aymara cuando era un joven sacerdote misionero en la década de 1980, padre Fedora optó por trabajar en Lima, la expansiva y caótica capital del país, donde podría extraer de su experiencia en Los Ángeles.

Él se unió a un pequeño pero tenaz puñado de sacerdotes y religiosos que estaban trabajando con personas que tenían el VIH y el sida en Lima. Los más afectados eran los pobres, en muchos casos rechazados hasta por sus familias, sufriendo una enfermedad que era temida y poco comprendida.

Padre Fedora organizaba retiros para los pacientes y sus familias, se reunía con un grupo de oración comenzado por travestis en lo que todavía es uno de los vecindarios más pobres y turbulentos de la ciudad y visitaba los pabellones de los hospitales públicos donde una hermana que también era enfermera había abierto el sendero del ministerio pastoral.

Aunque los médicos inicialmente estaban reacios a aceptar los ministros pastorales, “nos dimos cuenta de que su trabajo hacía nuestro trabajo más exitoso”, recordó el especialista infectólogo Eduardo Ticona mientras hacía las rondas matutinas en el pabellón Santa Rosa.

Padre Fedora también traía nueva información a los equipos médicos después de asistir a conferencias internacionales del sida, dijo Ticona. Y con eso vino la esperanza según se pasaba la voz sobre los antirretrovirales.

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