Sean humildes, abiertos a alegría, novedad ofrecida por Espíritu Santo, dice el papa

Por Catholic News Service

Papa Franciso

Papa Franciso

CIUDAD DEL VATICANO — Los cristianos que son demasiado serios y sombríos carecen del Espíritu Santo en sus vidas, dijo el papa Francisco.

San humildes y abiertos al Espíritu y no luchen contra la alegría y la inesperada novedad que él trae, dijo el papa el 13 de mayo durante la Misa matutina en la Domus Sanctae Marthae.

Las personas que creen que pueden y que saben todo no podrán entender a Dios, él dijo durante su homilía, según un informe de Radio Vaticana.

Jesús siempre tuvo problemas con el tipo de intelectuales religiosos que “creía que la religión se trataba solamente de textos y leyes”, dijo el papa. Para ellos, lo único que era necesario era “cumplir con los mandamientos y nada más. No imaginaban que el Espíritu Santo existe”.

Como resultado lo único que hicieron fue pedirle explicaciones a Jesús, él dijo. “Querían debatir. Todo estaba en la cabeza, todo se trataba del intelecto” y no había “corazón, sin amor, sin belleza, sin armonía”.

“Cuando hay mucha seriedad no hay Espíritu de Dios”, él dijo.

Nunca importó lo que Jesús decía y hacía, él dijo. Ni siquiera resucitar a Lázaro de entre los muertos “justo frente a ellos” pudo convencerlos porque se negaban a “abrir sus corazones al Espíritu Santo”.

Creer para ellos se basaba en “ideas, sus propias ideas. Estaban llenos de orgullo. Creían que lo sabían todo”, él dijo.

Pero, Jesús tenía “algo muy fuerte” que decirle a estas personas, dijo el papa Francisco. Según la lectura del día del Evangelio de Juan (10:22-30), Jesús les dijo: “Ustedes no creen porque no son de mis ovejas”.

Jesús les dijo que le habían dado la espalda y se habían apartado del pueblo de Dios, dijo el papa. Ellos “edificaron todo un sistema de mandamientos que desterraba a la gente” y los expulsaba de la iglesia.

Estos “aristócratas del intelecto” no eran tercos; era peor y “más peligroso”, dijo el papa. Ellos tenían corazones que estaban cerrados y endurecidos contra el Espíritu Santo, lo cual es “el pecado de resistirlo”.

 

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