Reflexión en el Día de la Inmaculada Concepción

Esta reflexión fue ofrecida por medio de NCADDHM (Asociación Católica Nacional de Directores Diocesanos para el Ministerio Hispano) el día de la Inmaculada Concepción.

Basada en el Evangelio de San Lucas 1, 26-38. María es la “llena de gracia” desde su concepción. “…fue preservada inmune de toda mancha de pecado original, en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo Salvador del género humano” (Pio IX, Bula Ineffabilis Deus: DS, 2803).

Tenemos todo un Dios, Creador que nos ama y solo quiere redimir a esta humanidad, dentro de su gran plan de salvación juega un papel importante la mujer que escogió y preparo para realizar este plan.
Una joven, que es concebida sin pecado—ni sus padres, ni ella misma se dan cuenta—.

Sus padres solo esperan y reciben a esta creatura “especial” (¿a caso cada hijo que nace no es especial? Como cada uno de nosotros para nuestros padres.) Ni malicia, ni doblez en ella, más bien sencilla, generosa amable y feliz.

Pero ¿qué sucede, en la Anunciación?, San Lucas nos cuenta que el ángel la saluda, “llena de gracia” y que ella dará a luz al “Hijo del Altísimo”. Una chica, seguramente asustada, pero de nuevo “llena de gracia”, bendecida desde todo el tiempo, que, para mí, implica una relación de amor con Dios Padre, que había venido conociendo por sus padres, por las tradiciones, oraciones, ¡estilo de vida de su pueblo! (Había sido acompañada).

¿Cómo será posible? Pregunta, pero no duda. Escucha con todo su ser. No es mucho tiempo, pero por su formación sabía de lo que hablaba el ángel. Lo que tanto esperaba el pueblo de Israel, el Salvador. ¿Y cuál fue su respuesta? “Hágase en mi lo que has dicho”, una respuesta de obediencia desde la fe, segura, de que nada es imposible para Dios, aceptó la voluntad divina y se entregó para servir en este plan de Salvación.

Siento que la liturgia es sabia y nos pone la fiesta de la Inmaculada Concepción de María (y la Virgen de Guadalupe) en este tiempo de Adviento para que ella sea quien nos ayude a prepáranos para recibir al Salvador como ella lo hizo. Ella nos acompaña, está con nosotros, nuestra atención se vuelve hacia ella sin quitar la atención a quien esperamos, como ella.

María engendra al Salvador, ella es recipiente donde se realiza el desarrollo del gran regalo de la Persona de Jesús en nuestra carne. A través de ella lo recibimos, y se engendra en el seno de nuestro corazón, ¡en el lugar más íntimo de nuestro ser y está VIVO!

María sabe esperar pacientemente, en ella se desarrollan cambios, no solo físicos, sino emocionales, incluso espirituales. Mientras se prepara para recibir a su Hijo, se vuelve más responsable de la misión que lleva entre manos, siempre con la confianza que “nada es imposible para Dios”. Se vuelve más maternal, se cuida ella misma y cuida al hijo en el vientre, ¡sueña con conocerlo ya! Pero es paciente, tierna y ama.

El Evangelio nos habla que el ángel le anuncia lo de su pariente Isabel, en ningún momento le dice ve a verla, es algo que nace de María misma. Frente a este anuncio, María es servicial, va para ayudar a una mujer mayor que ella pero que se encuentra en el mismo estado. Me imagino que es un tiempo de compartir las experiencias que las dos viven al esperar sus hijos y las maravillas de Dios en ellas.

Y todos estos acontecimientos en la vida de Maria me hablan de como ella me acompaña, nos acompaña en nuestra propio Adviento hoy.

Es una mujer sencilla, de una relación profunda con Dios, en ese momento de estar en comunicación con el ángel Gabriel me habla de una relación de confianza de hablar con Dios de tú a tu…de expresar su sentir, de cuestionar, (acaso no hablamos así con él también?)

¿Cómo es mi comunicación con el Señor?, ¿Cómo lo voy profundizando día a día?, ¿Qué nivel de confianza hay?

¿Dónde o cuando recuerdas, reconoces que Jesús se engendró en tu corazón?

María da vida, la da a luz con dificultades, retos, pero lo trae al mundo de manera sencilla, criándolo con amor, con cuidados para después dejarlo ir.

Veo en esta etapa de su vida, como en toda su vida, una mujer de fe, de obediencia a la voluntad de Dios, de entrega, de amor, de fidelidad. ¡Una mujer de oración!

Creo es el mensaje de la Inmaculada Concepción en este Adviento para que yo pueda imitarla en recibir el gran regalo del Salvador, pero claro con preparación en mi oración, más intensa o más intencional.

Que las intenciones de mi corazón sean puros, que mis pensamientos sean positivos, que mi actuar sea de servicio generoso y entregado con mis hermanos. Y quizá no en grandes gestos públicos, sino como María en el silencio de cada día, en los pequeños detalles: saludar, por favor, gracias, siendo amables con los que más nos cuesta, con sinceridad, buscando al que menos conozco, servir y no ser servido, reconocer los talentos, la amabilidad del otro.

O quizá regresar con un director espiritual, dejarme ser acompañado para acompañar en mi ministerio. Todo implica que seamos humildes, estar disponibles para servir a mi Señor en mis hermanos y hacer presente al Salvador a través de mi persona, porque ¡vive en mí como María!

Como María, sepan dar al mundo a Jesús, siendo luz para los demás, que sepan gozar del gran amor con el cual Dios Padre también nos escogió para darlo a conocer a los demás.

La Hna. Esperanza Micaela Espinoza, MCP es directora de Ministerio Hispano en la Diócesis de Little Rock en Arkansas.

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