Décadas después de la guerra, El Salvador ve una cosecha de mártires

Un mural de san Oscar Romero y el sacerdote jesuita padre Rutilio Grande decora una plaza en El Paisnal, El Salvador. El 12 de marzo fue el 43 aniversario de la muerte del padre Grande mientras se dirigía a una novena. (Foto CNS-Octavio Duran)

Por Rhina Guidos
Catholic News Service

WASHINGTON — Cuando la Iglesia Católica de El Salvador declaró un año jubilar por sus mártires, algunos sospechaban, otros insinuaban que tal vez Roma pronto iba a anunciar la posibilidad de que más salvadoreños serían beatificados este año.

Los rumores empezaron con un afiche que circuló a principios de enero con ocasión de la Jornada Mundial de la Paz, en el cual aparecían san Óscar Romero, el padre jesuita Rutilio Grande y el padre franciscano Cosme Spessotto. ¿Era una insinuación — especularon algunos — de una próxima beatificación del franciscano y el jesuita este año?

El 22 de febrero, el Vaticano anunció que el papa Francisco había reconocido el martirio del padre Grande y sus dos compañeros, abriendo el camino para su beatificación. Igualmente existe la esperanza de que este año también se dé la declaración de martirio del padre Spessotto, un italiano que vivió durante décadas en El Salvador y fue asesinado en 1980 luego de denunciar las injusticias del gobierno contra los pobres y vulnerables del país.

Como san Romero y el padre Grande, el padre Spessotto fue asesinado por las mismas razones — estar del lado de los pobres y demandar que sus derechos fuesen respetados — la expectativa es que el padre Spessotto también sea declarado un mártir. Si eso se concreta, El Salvador podría celebrar cuatro beatificaciones este año.

“El martirio es el máximo testimonio de fe, porque imita fielmente a Cristo, dando su vida para que los demás puedan tener vida en abundancia”, dijo la conferencia episcopal de El Salvador al anunciar un Año Jubilar Martirial, el cual estaba previsto que comenzara el 12 de marzo con la conmemoración del 43 aniversario del martirio del padre Grande y sus compañeros.

Iba a continuar con varias conmemoraciones de aniversarios de cuatro décadas, incluyendo el martirio de san Romero el 24 de marzo, la masacre de más de 650 civiles asesinados en el Río Sumpul el 14 de mayo, el asesinato del padre Spessotto el 31 de julio y el asesinato de cuatro religiosas católicas estadounidenses –dos misioneras de la orden de Maryknoll que sirvieron en el área de Chalatenango, al norte de El Salvador, que fueron violadas y asesinadas el 2 de diciembre de 1980, junto con otra monja de EE.UU. y una misionera laica.

Todos ellos fueron asesinados durante la guerra civil de 12 años en El Salvador, entre 1980 y 1992, un conflicto generado por un ambiente de gran disparidad socioeconómica entre los ricos y pobres del país, el cual fue denunciado por muchos miembros de la Iglesia Católica.

No está claro que va a pasar con eventos oficiales de conmemoración a raíz de los recientes acontecimientos vinculados a la pandemia del coronavirus. Las conmemoraciones oficiales por el martirio del padre Grande fueron canceladas debido a las precauciones que la iglesia ha tomado para prevenir el contagio del virus, pero aún así cientos salieron a la tumba del padre Grande y sus compañeros para recordar el día de su martirio. En ese momento, el 12 de marzo, El Salvador no había reportado ningún caso de COVID-19.

El Vaticano no ha dado aún una fecha ni lugar para la ceremonia de beatificación del padre Grande y sus compañeros, sin embargo, antes de la pandemia, el arzobispo de San Salvador, especulando, dijo que sería cuestión de meses.

“Nuestros mártires interceden por nosotros”, dijeron los obispos salvadoreños en un comunicado conjunto anunciando el año jubilar martirial. “Ellos dieron sus vidas y están con nosotros en nuestro peregrinaje de fe”.

Antes de la canonización de san Romero en 2018, no había santos salvadoreños oficiales, sin embargo muchos salvadoreños durante décadas — desde el asesinato de san Romero en 1980 — rezaban por su intercesión y desde hace mucho tiempo lo han considerado santo.

En la actualidad, la Arquidiócesis de San Salvador ahora cuenta con una oficina de canonización en su sede. La arquidiócesis también ha organizado una peregrinación en agosto a Ciudad Barrios, el lugar de nacimiento de san Romero. La participación del peregrinaje aumenta cada año.

Aunque no es tan conocido como san Romero, el padre Grande también ha tenido por mucho tiempo sus propios seguidores. Cuando el arzobispo José Luis Escobar Alas de San Salvador realizó una conferencia de prensa a finales de febrero para responder a preguntas sobre los acontecimientos posteriores a la declaración de martirio del jesuita, les dijo a los periodistas que no dudaba que muchos ya le habían atribuido milagros a la intercesión divina del padre Grande.

El papa Francisco, un simpatizante del jesuita salvadoreño, ha dicho que el primer “milagro” del padre Grande fue san Romero, convencido de que había experimentado un tipo de conversión para defender con más valor a los pobres después de ver el cuerpo lleno de balas del padre Grande, junto con un parroquiano de edad avanzada y un adolescente, luego de ser atacados cuando iban en camino a rezar una novena a san José en 1977.

El padre Grande fue rechazado, incluso por algunos en la iglesia en El Salvador, por defender las masas pobres rurales del sector donde el servía desde 1970 hasta su muerte. Pero su denuncia de injusticia se convirtió en un modelo a seguir, no solo por san Romero –a quien más adelante se le llamaría “la voz de los sin voz”– sino particularmente por los católicos de El Salvador que continuaron denunciando las violaciones contra los civiles hasta que ellos también fueron silenciados.

Pero 40 años después, los obispos de El Salvador esperan que las voces de esos mártires se oigan más alto que nunca, precisamente es lo que se busca al destacar sus vidas durante este año jubilar.

Tras las huellas del clamor de justicia de los mártires, los obispos también señalaron las que consideran como injusticias de hoy en El Salvador.

En su carta anunciando el año jubilar, dijeron que le han pedido a la asamblea general una auténtica ley de reconciliación nacional, que sirva a aquellos que fueron victimas o cuyos seres queridos fueron asesinados durante el conflicto civil en El Salvador que oficialmente comenzó en 1980; “una ley general de agua” en contra de su privatización y que la garantice como un bien público; y también pidieron un nuevo sistema de pensiones para jubilados y expresaron su solidaridad con los inmigrantes y aquellos que son víctimas de una u otra forma: “Rezamos por ellos y abogamos para que sus derechos sean respetados”.

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