Consuela a Mi Gente —
María, la primera discípula
de Jesús y la más perfecta

Archbishop Shelton J. Fabre

Existe una jerarquía en las celebraciones litúrgicas anuales de la Iglesia. En la vida litúrgica de la Iglesia, celebramos conmemoraciones, fiestas y solemnidades.

El rango de solemnidad es el más alto de las celebraciones litúrgicas en el año litúrgico de la Iglesia. Una lista parcial de las solemnidades de la Iglesia incluye: todos los días de Semana Santa; la Navidad; el Día de Todos los Santos; el Día de San José; las fiestas de San Pedro y San Pablo, la Inmaculada Concepción de María, María, Madre de Dios, y la Asunción de María. Estas son celebraciones importantes en la vida de la familia de fe que es la Iglesia.

Cuando se recuerda y se celebra algo importante en la vida de una familia, se espera y se desea que los miembros de la familia estén felizmente presentes para la celebración. De manera similar, todas estas solemnidades son importantes y algunas lo son tanto en nuestra vida y en nuestra comprensión de la fe y de la Iglesia que estamos “obligados” a asistir a Misa ese día.

Estas celebraciones son conocidas como “días de precepto” porque celebramos algo tan importante que tenemos la obligación y se espera de nosotros que nos reunamos ese día con la familia de la Iglesia en la Misa para celebrar y recordar el misterio al que dirigimos nuestras oraciones y nuestra fe en ese día.

Con la excepción de la Navidad y la Inmaculada Concepción (bajo cuyo título María sirve como Patrona de los Estados Unidos), cuando una solemnidad que es un día de precepto cae en sábado o en lunes, la obligación de asistir a Misa en ese día queda anulada. Sin embargo, la Iglesia no obstante invita a todos los fieles a la Eucaristía en todas estas solemnidades ya que recordamos y celebramos estos misterios de nuestra salvación. Algo significativo se celebra, y por tanto sin duda deberíamos reunirnos en Misa con nuestra familia todos los domingos tal y como deberíamos hacerlo en estos días de precepto especiales a lo largo del año.

Una vez más le damos la bienvenida al mes de agosto y al calor de los meses de verano. Si miramos al mes de agosto desde la perspectiva de la fe, la celebración anual de la Asunción de María el 15 de agosto es la solemnidad que claramente domina ese mes. La Asunción de María celebra nuestra creencia como Católicos Romanos de que cuando la vida terrenal de María terminó, por el especial papel que ella tuvo dando a luz al Mesías, fue asunta o llevada en cuerpo y alma al cielo.

Note que el lenguaje usado al hablar de este evento con respecto a María es pasivo. Mientras Jesús ascendió al cielo con su propio poder (Solemnidad de la Ascensión de Jesús), María fue asunta al cielo, o llevada al cielo por Dios (Solemnidad de la Asunción de María). El lenguaje pasivo usado con respecto a María transmite el hecho de que esto no es algo que María consiguió con su propio poder, sino algo conseguido para ella por el poder de Jesucristo, su hijo divino. Debido a la relación especial que existía entre María y Jesús, a través del poder de la resurrección de Jesucristo, a María se le dio al final de su vida lo que Dios promete a todos aquellos que le son fieles: entrar en cuerpo y alma en el cielo.

María es la primera y más fiel discípula de Jesucristo. Ella estuvo cerca de Jesús durante su vida, y cerca de él en el momento de su muerte. Al volvernos hacia ella para pedirle que interceda por nosotros frente a Jesús su hijo, que siempre tengamos presentes las palabras que dijo a los mayordomos del festín de las bodas de Caná: “Hagan lo que él (Jesús) les diga.” Así que, al celebrar esta Solemnidad de la Asunción de María, en última instancia estamos celebrando cómo el amor de Dios y el poder de la resurrección de Jesucristo se reflejaron en la vida de María y cómo nosotros también somos llamados a vivir nuestras vidas de tal manera que las promesas que Dios nos ha hecho de una asunción al cielo similar puedan ser cumplidas para cada uno de nosotros. Ya que nuestra iglesia catedral está dedicada a María bajo el título de su Asunción, esta es una solemnidad especial en nuestra Archidiócesis.

Agosto también marca el comienzo de un año académico escolar y un nuevo año de formación catequética para nuestros niños, jóvenes, adolescentes y adultos. Oremos para que este sea un buen año escolar y catequético para todos los que enseñan y reciben la fe. Espero y rezo para que a medida que se desarrolla este año, con el paso de cada día todos nosotros a través de nuestras prácticas de fe y oración profundicemos nuestra relación con el Señor Jesús.

En su Asunción gloriosa, que María, Madre de Dios, ¡interceda por nosotros y nos asista en nuestro esfuerzo por ser fieles a su Hijo!

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