Querer ‘controlar’ a Dios y limitarlo a una agenda es idolatría, dice el Papa

El Papa Francisco reza mientras sostiene un báculo durante la Misa en la Basílica de San Pedro en el Vaticano el 29 de octubre de 2023, marcando la conclusión de la primera sesión del Sínodo de los Obispos sobre la sinodalidad. (Foto CNS/Vatican Media)

Por Carol Glatz

CIUDAD DEL VATICANO — Reformar la Iglesia es poner a Dios en primer lugar y adorarlo, y amar y servir a los demás, dijo el Papa Francisco en la Misa que marcó la conclusión de la primera sesión del Sínodo de los Obispos sobre la sinodalidad.

“Es esta, hermanos y hermanas, la Iglesia que estamos llamados a ‘soñar’: una Iglesia que es servidora de todos, servidora de los últimos. Una Iglesia que nunca exige un expediente de ‘buena conducta’, sino que acoge, sirve, ama, perdona; una Iglesia de puertas abiertas que sea puerto de misericordia”, afirmó.

“Quizás tengamos realmente muchas ideas hermosas para reformar la Iglesia, pero recordemos: adorar a Dios y amar a los hermanos con su mismo amor, esta es la mayor e incesante reforma”, dijo el Papa en su homilía durante la Misa en la Basílica de San Pedro el 29 de octubre.

Miles de fieles se pusieron de pie al esperar el comienzo de la Misa mientras los miembros y participantes del sínodo entraban a la basílica. La procesión fue encabezada por miembros no ordenados, seguidos por obispos y luego cardenales. El sínodo sobre la sinodalidad marcó la primera vez que laicos y religiosas pudieron participar como miembros con derecho a voto. Del total de 364 miembros, cerca del 25% eran “miembros no obispos” y 54 de ellos eran mujeres.

“Hermanos y hermanas, se concluye la Asamblea sinodal”, dijo el Papa en su homilía. “Hoy no vemos el fruto completo de este proceso, pero con amplitud de miras podemos contemplar el horizonte que se abre ante nosotros”.

“El Señor nos guiará y ayudará a ser una Iglesia más sinodal y misionera, que adora a Dios y sirve a las mujeres y a los hombres de nuestro tiempo, saliendo a llevar a todos la reconfortante alegría del Evangelio a todos”, dijo.

Al concluir la Iglesia esta etapa de su camino, dijo, “es importante contemplar el ‘principio y fundamento’ del que todo comienza y vuelve a comenzar: amar”.
“Amar a Dios con toda la vida y amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos”, dijo, es “el centro de todo”.

La manera de canalizar este amor es adorar a Dios y servirnos unos a otros, dijo.
“Hemos perdido el hábito de la adoración”, dijo el Papa, llamando a todos los sacerdotes, diócesis, parroquias y comunidades a “volver” a adorar al Señor. “Sólo ante Él seremos purificados, transformados y renovados por el fuego de su Espíritu”.

Adorar a Dios significa “reconocer en la fe que sólo Dios es el Señor y que de la ternura de su amor dependen nuestras vidas, el camino de la Iglesia, los destinos de la historia. Él es el sentido de la vida”, afirmó.

“Y esto es un riesgo que podemos correr siempre: pensar que podemos ‘controlar a Dios’, encerrando su amor en nuestros esquemas; en cambio, su obrar es siempre impredecible, va más allá, y por eso este obrar de Dios requiere asombro y adoración”, dijo el Papa Francisco. El sendero de la idolatría es pretender “que el Señor actúe según la imagen que nos hemos hecho de él”.

Dijo que la Iglesia debe ser “Iglesia adoradora e Iglesia del servicio, que lava los pies a la humanidad herida, que acompaña el camino de los frágiles, los débiles y los descartados, que sale con ternura al encuentro de los más pobres”, como Dios lo ha ordenado.

“Es un pecado grave explotar a los más débiles, un pecado grave que corroe la fraternidad y devasta la sociedad”, dijo, y “como discípulos de Jesús, deseamos llevar al mundo otro fermento, el del Evangelio”.

Citando a San Juan Crisóstomo, dijo que los que son misericordiosos son como un puerto seguro para los necesitados, por lo que “cuando veas en tierra a un hombre que ha sufrido el naufragio de la pobreza, no juzgues, no pidas cuentas de su conducta, sino libéralo de la desgracia”.

Más tarde ese mismo día, antes de rezar el Ángelus del mediodía, el Papa volvió a reflexionar sobre el mandato del Señor de amar a Dios y al prójimo.

Puso el ejemplo de Santa Teresa de Calcuta como alguien “que era tan pequeña”, pero que aún así era capaz de “hacer tanto bien”, reflejando el amor de Dios “como una gota de agua limpia”.

“Si a veces, mirándola a ella y a otros santos, llegamos a pensar que son héroes inimitables, pensemos en esa pequeña gota” que refleja el amor y “puede cambiar muchas cosas”, afirmó.

“¿Cómo?” preguntó el Papa. Dando el primer paso para amar y servir a los necesitados sin esperar a que otros actúen, aunque esto no sea fácil de hacer.

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