‘Que no haya más muertes, que no haya más explotación’, dice el papa en la coyuntura fronteriza entre México y EE.UU.

El papa Francisco se dirige hacia una enorme cruz, provisionalmente erigida en la coyuntura fronteriza entre El Paso, Texas, y Ciudad Juárez, México, el 17 de febrero. (Foto CNS-Paul Haring)

El papa Francisco se dirige hacia una enorme cruz, provisionalmente erigida en la coyuntura fronteriza entre El Paso, Texas, y Ciudad Juárez, México, el 17 de febrero. (Foto CNS-Paul Haring)

Por David Agren, Catholic News Service

CIUDAD JUÁREZ, México — Dirigiendo la palabra desde una plataforma, cargada de simbolismo, en la coyuntura fronteriza entre México y Estados Unidos, el papa Francisco abogó por la súplica de los inmigrantes, advirtiéndoles a aquellos que se niegan a dar refugio y paso seguro que sus acciones y actitudes inhospitalarias les traerían deshonor y la propia destrucción, al tiempo que su corazón se endurecía y “perdían la sensibilidad ante el dolor”.

Y al recordar la historia de Jonás, del Antiguo Testamento de la Biblia, y las instrucciones que Dios le había dado para que se salvara la pecaminosa ciudad de Nínive, diciéndoles a los habitantes que “la injusticia había infectado la forma en la que veían el mundo”, el papa Francisco hizo un llamado en su homilía para que se obre con compasión, para que haya cambios y se produzca la conversión sobre todo en asuntos migratorios.

Y se refirió a México y a los Estados Unidos como Nínive, diciendo que la ciudad daba síntomas de “autodestrucción como resultado de la opresión, del deshonor, de la violencia y de la injusticia”. Y también dijo que era la misericordia la que marcaba el camino para vencer a los adversarios.

Además, en su alocución, insistió en que se debería de obrar con urgencia.

“No podemos tener los oídos sordos ni la vista nublada ante la crisis humanitaria en la que en años recientes se han visto envueltas miles de personas, que por tren, carretera o a pie cruzan cientos de kilómetros (millas) a través de montañas, desiertos y lugares inhospitalarios”, dijo el papa Francisco, el 17 de febrero, ante cientos de miles de personas abigarradas a ambos lados de la frontera.

“La tragedia humana de movimientos migratorios forzados es un fenómeno mundial hoy en día. Esta crisis, que se puede medir en números y estadísticas, la preferimos medir, en lugar de eso, utilizando nombres de personas, historias y familias”.

Con la Misa celebrada en Ciudad Juárez se culminaba el viaje de seis días en el que el papa emprendió el camino hacia la frontera sur y hacia la frontera norte del país de México y en donde tuvo la oportunidad de denunciar la indignidad de la discriminación, la corrupción y la violencia. Durante el viaje también pidió perdón por la opresión ejercida en contra de las poblaciones indígenas y condenó las acciones de las clases privilegiadas en la esfera política y de negocios, diciendo que por medio de sus actos excluyentes propiciaban “un terreno fértil ” para que los jóvenes cayeran en garras de grupos criminales y de traficantes de drogas.

El papa presentaba su homilía a tiro de piedra del río Bravo, que del lado estadounidense se llama Río Grande, en donde tantos inmigrantes se han ahogado a través de los años en su vano intento de ingresar a los Estados Unidos, en busca de mejorar su suerte y vida; y, más recientemente, por escapar de la violencia desatada en Centroamérica.

La Misa fue celebrada como una ceremonia de dos naciones, entre dos naciones, en una zona en donde miles de personas se agolpaban a ambos lados del río Bravo (río Grande) en Ciudad Juárez, del lado mexicano y en El Paso, del lado estadounidense, concentradas en un estadio universitario de futbol. El papa Francisco saludó a la muchedumbre con su vista dirigida al estadio de nombre Sun Bowl y le agradeció al obispo Mark Seitz de El Paso por haber provisto las conexiones técnicas que ayudaron a que “todos juntos pudieran orar, cantar y celebrar el rito de adoración ” y “que nos hizo sentir como la gran familia que somos, una sola, y la misma comunidad cristiana”.

En su alocución, el papa se enfocó en el fenómeno de la emigración/inmigración, junto con los altos riesgos que corren los inmigrantes en ruta a su destino y las dificultades que salvan para sobrevivir al margen de la sociedad sin protección alguna.

“Y al afrontar tantos vacíos legales, las personas se ven envueltas en redes que las atrapan y en las que siempre quedan destruidos los más pobres”, dijo el papa Francisco.

El movimiento migratorio ha marcado a México durante generaciones, aunque el número de emigrantes mexicanos se ve ahora sobrepasado por aquellos que regresan, involuntariamente o de otra manera, debido a la falta de trabajos, a una frontera en creciente fortificación y a posturas antiinmigrantes que los obligan a estarse quedos.

Irónicamente, en México se ha asumido un papel difícilmente creíble, a través de los años, el de inspector y aplicante de la ley, a tiempo que se detienen y deportan cifras inconcebibles de centroamericanos que tratan de utilizar a México como paso, camino a la frontera Norte, dando esto lugar, también, a que muchos de esos inmigrantes caigan víctimas de criminales y funcionarios públicos corruptos, sufriendo toda clase de crímenes, como secuestro, robo y violación. La aplicación de la fuerza pública se puso en juego después de que miles de menores centroamericanos afluían a través de México, en el año 2014, en escapada de enlistamientos forzados por pandillas, con la esperanza de reunirse con sus respectivos padres que vivían entre sombras, en medio de la sociedad estadounidense, trabajando con salario mínimo para sostener a sus respectivos hijos que habían quedado con familiares y a los que no habían visto durante años.

“Y en su jornada, a cada paso, la injusticia estaba al acecho. … Y son hermanos y hermanas nuestros, excluídos como resultado de la pobreza y la violencia, tráfico de drogas y organizaciones criminales”, dijo el papa Francisco, quien, al mismo tiempo, alabó a los sacerdotes, religiosos y laicos católicos que acompañaban y protegían a los inmigrantes en su paso por México, con actos de compasión que no siempre eran bien acogidos por las autoridades en turno.

“Todos ellos están en las trincheras, y con frecuencia han puesto en riesgo su propia vida”, dijo. “Y al exponer su propia vida se han convertido en profetas de la misericordia. Son ellos el corazón batiente y los pies compañeros de la iglesia, que abre siempre sus brazos y que sostiene”.

“Y ( a los que ellos han ayudado) son hermanos y hermanas marginados, resultado de la pobreza y violencia, tráfico de drogas y organizaciones criminales”, dijo el papa Francisco. “La injusticia se ha radicalizado contra los jóvenes. Ellos son “carne de cañón”, perseguidos y amenazados cuando tratan de huír del vórtice de la violencia y el infierno de las drogas. Y allí también están tantas mujeres a las que tan injustamente les han arrebatado la vida”.

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