
Después de los tiempos de Adviento y Navidad, volvemos al “Tiempo Ordinario”, una serie de celebraciones dominicales que se denominan simplemente domingos “ordinarios” porque no pertenecen a ninguno de los otros tiempos del año litúrgico. Mientras que los diferentes tiempos del año litúrgico nos invitan a centrarnos en aspectos específicos de la vida de Jesucristo —como su nacimiento en Belén, sus tentaciones en el desierto, su pasión, muerte y resurrección, o su regreso en gloria—, en contraste con estos, y a la vez en unión con ellos, el Tiempo Ordinario nos invita a orar y reflexionar sobre cómo también nosotros estamos llamados a ser fieles a Jesús en nuestro camino por la vida, en todo momento y en todas las circunstancias.
Durante el Tiempo Ordinario, reflexionamos sobre cómo debemos vivir el mensaje de nuestro Señor Jesucristo cada día, incluso mediante el uso sabio y prudente de nuestros dones. Buscamos al Señor tanto en las grandes celebraciones como en los aspectos cotidianos y rutinarios de nuestra vida, reconociendo que el uso de nuestros dones es esencial en nuestro caminar diario con Cristo.
Al reflexionar sobre nuestra vida diaria, uno de los desafíos que muchos enfrentamos es reconocer la verdad fundamental de que Dios nos ha dado a cada uno dones para edificar su reino y fortalecer nuestra Iglesia y comunidad. Cuando pensamos en los dones que Dios nos ha otorgado individualmente, a veces no logramos apreciar ni siquiera darnos cuenta de cuántas maneras estos dones nos han bendecido.
Hay momentos en la vida en los que puede resultar difícil valorar los dones únicos de gracia que Dios nos ha concedido para contribuir al bien común y al bienestar de todas las personas. Además, si bien puede ser un desafío reconocer nuestros propios dones, también puede ser igual de difícil apreciar los dones de los demás. La falta de aprecio por nuestros propios dones, sumada a una excesiva atención a los dones que otros poseen y nosotros no, a menudo conduce a la envidia y los celos.
Creámoslo necesario o no, San Pablo nos ofrece sabios consejos sobre nuestros propios dones y los de los demás. En 1 Corintios 12:7, San Pablo escribe: “La manifestación del Espíritu que a cada uno se le da es para el provecho común.” San Pablo nos recuerda que cada uno de nosotros ha recibido dones, manifestaciones del Espíritu, no solo para nuestro propio beneficio, sino también para el bien de los demás y para la edificación de la comunidad. San Pablo subraya que todos formamos parte del mismo equipo, por así decirlo, y que todos nuestros dones sirven a un propósito común. San Pablo afirma: “Hay diversidad de dones espirituales, pero el Espíritu es el mismo; hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo; hay diversidad de obras, pero el mismo Dios es quien obra todo en todos” (1 Corintios 12:4-6).
Cuando utilizamos nuestros dones, cada uno de nosotros desempeña un papel vital en la proclamación de Jesucristo al mundo. Podemos superar los sentimientos de envidia y celos valorando todo lo que Dios nos ha dado y reconociendo que los dones de los demás también nos benefician. Al afianzarnos firmemente en la comprensión de que servimos a Jesucristo sirviéndonos unos a otros y utilizando nuestros dones de manera apropiada, siempre podremos apreciar tanto nuestros propios dones como los de los demás.
Durante este Tiempo Litúrgico Ordinario, que podamos apreciar las maneras en que Dios nos llama a servirnos unos a otros, valorando nuestros propios dones y los de los demás. De esta manera, podremos construir juntos el Reino de Dios en nuestra comunidad y proclamar las maravillas que Dios ha hecho por nosotros.
