Esperanza en El Señor — ‘Recíbeme, oh Señor’ — una profesión solemne

Archbishop Joseph E. Kurtz

Es difícil predecir cuando una liturgia Sagrada será profundamente conmovedora. Por supuesto, cada vez que participamos en la Sagrada Eucaristía, la muerte salvadora y resurrección de Jesús por nuestra salvación, debemos ser movidos en lo más profundo de nuestros corazones. Pero debo admitir que hay ciertas ocasiones en que es simplemente especial, y uno entra al misterio de Su muerte y resurrección profundamente que todo nuestro ser responde.

No puedo poner en palabras que conmovedor fue un aspecto de la Profesión Perpetua de la Hna. Rachel Lynn Geracitano. Nacida en Louisville y sirviendo como una mujer religiosa en ministerio para la familia en nuestra Oficina de Cementerios Católicos, ella se ha vuelto rápidamente conocida por su bondad, fe optimista y servicio amable de los demás. Las familias al tiempo de la muerte de un ser querido necesitan a alguien como ella. Así que fui honrado en manejar hasta Ferdinand, Indiana al Monasterio Benedictino de la Inmaculada Concepción para presidir en su profesión.

En cierto momento en la ceremonia, cantamos la “Letanía de los Santos” mientras ella yacía postrada en el pasillo principal. Suplicamos por la sabiduría y valentía del Espíritu Santo de guiarla en esta profesión que la comprometerá a un camino de unión amorosa con Dios y el servicio a todos a la manera de Jesús y por medio de su gracia. Posteriormente, antes de la bendición solemne, ella se levantó y cantó con una voz suave y hermosa “Suspice”: “Recíbeme, Oh Señor, conforme a tu Palabra y viviré y no me faltes en mi esperanza”. Después toda la comunidad de las Hermanas Benedictinas cantó en una sola voz esas mismas palabras basadas en el Salmo 119 versículo 116. Después en un tono un poco más alto, ella cantó de nuevo y la comunidad hizo eco. El momento era atrayente. Ustedes podrían escuchar caer un alfiler.

Se me ha dicho que este pasaje viene de la Regla de San Benedicto, la cual es antigua en la Iglesia y aun contiene sentimientos tan profundamente relevantes. Recordé de San Agustín hablando de Cristo como siempre antiguo, siempre nuevo. Puedo imaginarme a las Hnas. Benedictinas tarareando cada día esa oración de petición, enraizada en tal gusto y confianza. Mientras cada hermana renueva la apertura de corazón a Dios, ella lo hace en el entorno de la comunidad tan unida por la gracia y el ideal de servir completa y generosamente y tan deseosas de hacerlo como una familia – una comunidad.

También hay “para el resto de mi vida” cualidad a esta promesa y súplica. Ocho días después, la Catedral de la Asunción estuvo llena de parejas casadas celebrando aniversarios de sus votos solemnes que se dieron el uno al otro en la presencia de Cristo. Su “amor y honor por la riqueza o la pobreza, en la salud o enfermedad, hasta que la muerte nos separe” tiene una habilidad similar para enviar un escalofrío a la columna vertebral del observador.

Qué maravillosa es la alianza de Dios – Su promesa de estar con nosotros en todo tiempo y circunstancia y nuestra respuesta humana. En Cristo, esta alianza ha sido sellada de una vez por todas. Así sea la Hna. Rachel Lynn que se levantará cada día y será unida a las palabras del “Suspice” junto con las Hnas. Benedictinas con quienes viajará por toda su vida — una vida de servicio santo y amoroso para todos — o las parejas casadas quienes por décadas han sido fieles a sus votos, nosotros los beneficiarios somos animados por estos actos generosos.

Permítanme concluir repitiendo el versículo del Salmo 119 que encontró su camino tan prominentemente en la Regla de San Benedicto y que yo oro en mi rutina diaria:

“Recíbeme, Oh Señor, conforme a tu Palabra y viviré, y no me faltes en mi esperanza”.

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