Esperanza en El Señor — ‘¡Demos un apretón de manos!’ – La búsqueda de la felicidad de la asamblea presbiteral

Archbishop Joseph E. Kurtz

Usualmente en alcanzar algún acuerdo al término de la discusión o el debate, un partido se dirige al otro y extiende su mano derecha y dice, “vamos a dar un apretón de manos” Esta es una manera común de mostrar asentimiento y dar énfasis de buena fe. Recuerdo que las raíces de este gesto era una mano abierta, sin ningún arma, mostrando la buena intención. Recientemente leí que una de las primeras representaciones de un apretón de manos se encuentra en el siglo IX a.C. donde se muestra al rey de Asiria Shalmaneser III apretando la mano del gobernador de Babilonia para sellar una alianza. Las personas buscan gestos para acompañar las palabras.

Así que, para concluir los cuatro días de la asamblea presbiteral en St. Meinrad la semana pasada, me dirigí al padre Pablo Hernandez y le di la mano – siguiendo el consejo de nuestros instructores de la semana. Al mismo tiempo, cada sacerdote en el salón hizo lo mismo con el sacerdote de al lado.

El taller, realizado por el Spitzer Center for Visionary Leadership, giró alrededor de estudiar y reconocer los cuatro niveles de felicidad, formulaciones antiguas que van hasta el filósofo griego Aristóteles en el siglo IV a.C. El seminario comenzó con un discurso del obispo Ronald Gainer, obispo anterior de Lexington y que ahora es obispo de Harrisburg. Él sirve como el moderador episcopal para el Spitzer Center y prepara bien el escenario.

Mientras que estudiamos la felicidad, uno podría identificar el tema por otros nombres: propósito, deseo, destino, legado.

En caso de que estén pensando sobre esos cuatro niveles de felicidad, estos son algo evidentes pero aun elusivos en la práctica diaria. Ustedes pueden quizás hablar de estos niveles como los niveles del deseo que Dios ha colocado en cada uno de nosotros. Estos niveles proporcionan el marco para un acto diario de diligencia y requiere una dosis saludable de la gracia de Dios para ordenar los deseos correctamente para alcanzar los resultados óptimos.

El primer nivel es la gratificación inmediata. Ya sea que ese anhelo sea por un helado, vivir una vida fácil o simplemente un trago de agua, este es el nivel más básico. Significa asegurar la supervivencia pero no como último destino, este nivel, si no se revisa, se vuelve la morada del hedonista – el que se preocupa solo por el placer personal. Estar atrapados en este nivel es el terreno de las adicciones mortales.

El segundo nivel – el del logro del ego – coloca la fuerza en la competencia y en ganar. Ya sea en la arena deportiva o en esa búsqueda de nunca acabar por honores y reconocimiento, este nivel trae un sentido de confianza a cada persona. Es el destino final para una persona, sin embargo, se crea un egoísta buscador de atención superficial. Quedar atorado en este nivel trae una diferente forma de adicción – una vida de competencia sin término a ser “el número uno”

El tercer nivel de felicidad es aquel de contribuir. Aquí encontramos el tiempo para amistades generosas, por un sentido del bien común que motiva acciones desinteresadas y por un movimiento fuera del ego. Cuando los dos primeros niveles del deseo de la felicidad mueven a la persona hacia el interior, este llamado a contribuir al mundo transforma la atención hacia afuera de la persona para enfocarse en los demás. Es la marca de una persona madura buscar el bien de otra persona sin buscar el propio. Es además la base de las amistades profundas y matrimonios exitosos así como grandes acciones de filantropía.

Ese nivel final, llamado el transcendente, es en el que buscamos descubrir lo incondicional, aunque imperfectamente en este mundo. Para este filósofo, es belleza incondicional, verdad, bondad y unidad. Para el profundamente religioso, es la presencia de Dios. Esta jornada, pura e incondicional es el camino del santo.

En las primeras líneas de su famoso clásico, “Las Confesiones”, San Agustín habla de este deseo de felicidad como inquieto y nunca satisfactorio en este mundo. Vale la pena citar: “Nos hiciste Señor para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”. Ese cuarto y nivel final de felicidad es la base del interminable motor de búsqueda llamado la persona humana. El deseo de nuestros corazones no solo belleza imperfecta alrededor de nuestro mundo pero belleza perfecta o incondicional. Lo mismo es cierto para la bondad y la verdad. Esto es un inquieto deseo que solo la fuente de toda belleza, verdad y bondad puede alcanzar. Por ello, San Agustín acertadamente le dice a Dios que “…nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”.

Mientras que digno el tercer nivel de felicidad en donde contribuimos para otros, también puede salir mal cuando buscamos el amor perfecto e incondicional en otro ser humano o en otra empresa que  vale la pena en este mundo. El nivel tres nunca puede ser sustituido por el nivel cuatro.

Puede ser sorpresivo aprender que el “Catecismo de la Iglesia Católica” 1994 comienza su tratamiento de nuestras creencias en el capitulo uno con estas palabras: “El deseo de Dios está inscrito en el corazón humano, porque el hombre ha sido creado por Dios y para Dios; y Dios nunca cesa de atraer al hombre hacia sí, y solo en Dios encontrará el hombre la verdad y la dicha que no cesa de buscar” (CIC, n.27).

Finalmente, ¿cuál era el propósito del apretón de manos? Era afirmar la confianza necesaria para ayudar a cada uno a proseguir todos los cuatro niveles de felicidad en el orden correcto dándose el beneficio de la duda, enfatizando las Buenas Nuevas incluso en medio de enfrentar dificultades y confiando en la gracia de Dios para guiarnos. Este gesto fue una conclusión adecuada para cuatro días fructíferos. Cada familia, incluyendo la familia de los sacerdotes arquidiocesanos, merece hacer esta promesa y sellarla con un apretón de manos.

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