Esperanza en El Señor — Cenizas, pescado frito y el viacrucis

Archbishop Joseph E. Kurtz

Por Archbishop Joseph E. Kurtz

La temporada de Cuaresma está sobre nosotros. En el pasado, a menudo escribí acerca de los tres temas de oración, ayuno y limosna, pero este año me enfocaré en las cenizas, el pescado frito y el viacrucis. No es que los temas anteriores estén fuera de moda. De seguro, la Cuaresma nos llama a una oración especial, ayunar el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo, de abstenerse de comer carne todos los viernes de la Cuaresma y de encontrar maneras de ser generosos al dar limosna.

Por cierto, la operación del Plato de Arroz, la práctica de tener una comida ligera con su familia y dar los ingresos que hubieran gastado en una comida lujosa o regular para ayudar a aquellos en mayor necesidad, continúa siendo una gran manera de ayunar y dar limosna, y en este caso, hacerlo juntos. El “hacerlo juntos” es el punto de mi nuevo trío: cenizas, pescado frito y viacrucis.

Por toda la Arquidiócesis, me gusta ver a tantas personas reuniéndose como una familia para los tres temas. El Miércoles de Ceniza, un sin número de familias con niños hacen fila para este ritual de comienzo de la Cuaresma, escuchando el llamado de “arrepiéntete y cree en el Evangelio” y recibiendo un signo de la cruz en sus frentes, lo cual los marca como uno en Cristo quien sufrió por sus pecados y trajo la salvación. A menudo recibimos cenizas con otras personas, juntos. Así también el acostumbrado pescado frito da una oportunidad de reunirnos para un ritual de Cuaresma. Combinen el pescado frito con los viernes del viacrucis y tienen una familia de eventos que los mueve a todos en el verdadero espíritu de la Cuaresma. 

Este año el papa Francisco se enfoca en el tema de Cuaresma de la Carta de San Pablo a los Romanos 8:19, en donde dice: “el universo está inquieto, pues quiere ver lo que verdaderamente son los hijos e hijas de Dios”. El papa Francisco nos recuerda que la Cuaresma sirve como la preparación para la culminación de nuestro año litúrgico en el Triduo, donde buscamos volvernos conforme a Cristo. Esta preparación y renovación, sin embargo, nunca es privada o individualista. Lo hacemos juntos, y beneficiamos a la creación al cooperar en su redención. Por medio del amor de Cristo, damos alabanza e incluimos a toda la creación en esa alabanza.

Desde que el poder destructivo del pecado nos separa de Dios y de unos y otros, nuestras prácticas cuaresmales deberían unirnos a Dios y unos a otros. Las tentaciones dobles de “lo quiero todo, y lo quiero ahora” o “mucho nunca es suficiente” nos tientan a la codicia, la búsqueda desenfrenada de confort y actuar en maneras destructivas hacia nuestro prójimo, otras creaturas e inclusive nuestras familias y nosotros mismos. El papa Francisco relaciona el pecado de la codicia con nuestro trato a la Tierra, nuestra casa común, y nos llama a respetar límites prudentes. Advierte de un individualismo que no es saludable en donde solo pensamos en nosotros mismos y “actuamos sin pensar en Dios o esperanza por el futuro”.

Advierte de un individualismo malsano en el que solo pensamos en nosotros mismos y “actuamos sin pensar por Dios o esperamos por el futuro”.

La respuesta al pecado dice el papa Francisco, yace en el poder sanador del arrepentimiento y el perdón. Durante la Cuaresma, tenemos la oportunidad de renovar nuestros corazones por medio del arrepentimiento, la conversión y el perdón para que podamos vivir completamente la gracia abundante del misterio pascual.

Cuando estaba creciendo, siempre pensé que la Cuaresma era un asunto de persona apersona. Recé, ayuné y di lo que era mío a otros. De hecho, sin embargo, la mayoría de mis prácticas cuaresmales fueron con otros. El viacrucis y la Misa diaria eran mis otros. Mis comidas de Cuaresma de ayuno eran con mi familia. Mis donaciones a menudo estaban en un pequeño “Banco de Misión” en donde ponía monedas cada día, solo para traerlas a la escuela al término de la Cuaresma y ofrecérselas a Dios, junto con mis compañeros de clase que hacían lo mismo. Estábamos actuando juntos.

Recuerdo a alguien diciendo, “quiero ir al cielo, pero no quiero ir solo”. ¡Quiero que vengas conmigo!” De hecho, eso bien podría ser una expresión en otras palabras del llamado de Jesús a seguirlo como Iglesia. Seguimos juntos.

Así que juntos entremos la procesión que llamamos Cuaresma. Juntos, entramos la procesión a ser marcada por las cenizas del arrepentimiento. ¡Juntos, oramos en Misa diaria y los viernes en el viacrucis, y sí, juntos cenamos en el pescado frito! Que esta Cuaresma sea una procesión gloriosa de arrepentimiento y alabanza al ir hacia la Pascua y juntos procesar a nuestro hogar celestial. Con toda la creación, esperamos la revelación final de nuestro Dios en Jesucristo, y lo hacemos juntos.

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