Mensaje de Pascua del Arzobispo

Qué bueno sería ver a nuestro Señor Jesucristo resucitado de igual manera como lo vio Su madre querida. De todos los discípulos de Jesús que se alegraron de la buena nueva del Señor Resucitado, ninguno podría estar más alegre que Su propia madre.

La Iglesia reconoce esta realidad en el antiguo himno Mariano para la época de Pascua, Reina del Cielo. Comienza así:
“Reina del Cielo, regocíjate, aleluya. Porque a el que cargaste en tu seno ha resucitado como Él dijo. Aleluya”.

San Leo El Grande, Papa durante el siglo VI, dio una hermosa homilía en donde dijo que Jesús se apresuró a resucitar porque estaba de prisa para consolar a Su Madre y a los discípulos. Él resucitó tan pronto pudo, al tercer día, justo antes del amanecer, cuando todo estaba todavía obscuro, antes del amanecer con su propia luz.

Con los ojos de nuestra Santísima Madre María, nos alegramos el Día de la Pascua. Jesús, quien murió por nuestros pecados el primer Viernes Santo, resucitó tal como dijo que lo haría. Su resurrección es nuestra verdad y gran esperanza, para nosotros que creemos resucitaremos con Él; resucitar del pecado y de la muerte. Es la razón por la que proclamamos: Aleluya. ¡Nos alegramos!

La habilidad de alegrarse y de tener un espíritu festivo puede ser de alguna manera removido del vivir moderno. Vivimos vidas tan agitadas que raramente tomamos el tiempo de hacer una pausa y alegrarnos. Queremos todo de prisa y más grande. El papa Francisco de manera correcta nos llama la generación “del desperdicio”, siempre buscando por más y raramente apreciando la alegría que viene en nuestro encuentro.

Esta Pascua ustedes y yo estamos llamados a alegrarnos. Jesús quien estuvo muerto, ha resucitado. Los días de la Semana Santa – son un tiempo de tranquilidad y pausa para vaciar nuestros corazones ocupados y concentrarnos en los días finales de la vida de Jesús – son días para recordarnos sobre nuestro último destino – lo que es verdaderamente importante – ser un hijo o una hija de Dios, destinados a vivir para siempre. La muerte ya no es más nuestro destino. En Cristo resucitado, nosotros resucitamos.

La Pascua es un tiempo de conversión – un tiempo de vivir más plenamente la vida de Cristo que recibimos en nuestro Bautismo. Es por ello que renovamos nuestras promesas bautismales en la Pascua para renunciar al pecado y vivir como verdaderos hijos del Padre.

En la Vigilia Pascual, hay un ritual conmovedor en donde el Cirio Pascual, símbolo de Cristo resucitado, es incensado en la Iglesia obscura iluminada solo por las velas bautismales que sostenemos en nuestras manos. Después el pregón pascual es cantado. “Que la luz de Cristo resucitando en gloria disipe la obscuridad de nuestros corazones y mentes”.

Con los ojos de nuestra Santísima Madre, queremos sentir a Cristo Resucitado esta Pascua, levantando la obscuridad de nuestros corazones y mentes para que podamos alegrarnos: Cristo ha resucitado, Él verdaderamente ha resucitado. ¡Aleluya!
En este espíritu, les deseo a ustedes y a sus seres queridos una ¡Pascua Bendita!

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